viernes, 24 de julio de 2020

Conviviendo mujeres y hombres

Cuando los hombres y las mujeres son capaces de respetar y aceptar sus diferencias, el amor tiene entonces la oportunidad de florecer.
John Gray


Ni mejores ni peores, mujeres y hombres somos diferentes, eso sí. Entre los dos sexos se pueden observar diferencias a nivel biológico, psicológico y social, e incluso se ha dicho, metafóricamente, que pertenecemos a planetas diferentes. En qué medida el peso de estas diferencias se reparte entre factores biológicos o sociales sigue siendo un tema de debate, avivado en estos tiempos, además, por la presencia de la ideología de género en el escenario (ver tema “Ideología de género: De cómo el poder trabaja para recuperarlo todo”). Al respecto, el Prof. Simon Baron-Cohen señala que "debemos ser cautos, por supuesto, en asumir que las diferencias de sexo sean sólo debidas a la biología. Hacer esto será cometer el error opuesto al que se vio en los años sesenta, cuando era frecuente asumir que todas las diferencias de sexo reflejaban la socialización".
En cualquier caso, un hecho incontrovertible es que esas diferencias existen, siendo muchas y muy significativas, Una de ellas hace referencia al uso del lenguaje. Sin perder de vista que hablamos siempre de generalidades, de una manera esquemática podríamos decir que, al hablar:
• Los hombres van al grano, las mujeres se extienden en los detalles.
• Ellos tienen un estilo informativo, ellas emocional.
• A ellos les gusta decir las cosas por su nombre, ellas prefieren el eufemismo.
• Ellos afirman, ellas preguntan.
• Para ellos, hablar es sinónimo de problema, para ellas, de solución...
Ampliando algunas de estas cuestiones, podemos decir, por ejemplo, que la mujer utilizaría el lenguaje más como un medio para expresar sentimientos, mientras que para el hombre sería más un medio para transmitir información. En este sentido, la Prof. Pilar García Mouton escribe: “Desde pequeñas, las mujeres están acostumbradas a hablar mucho entre sí. Hablan de sentimientos sin pudor, los destripan y los analizan, en general, con mucha mayor facilidad que los hombres. Verbalizan sus problemas y parecen resolverlos de alguna manera al contárselos a sus amigas. Para ellas, hablar es como pensar en común. En cambio, para el hombre, la comunicación suele tener una función eminentemente práctica, así que tienden a ser concisos y concretos y a no hablar de sus sentimientos…”
En general, cuando se encuentran en dificultades o ante una situación de estrés, a las mujeres les gusta hablar de ello, a los hombres no. Así, por ejemplo, podemos encontrarnos con una situación de este tipo:
El hombre llega a casa con cara de preocupación.
- Mujer: "¿Estás bien?".
- Hombre: "Si".
- Mujer: "¿Seguro? Tienes cara de estar preocupado".
- Hombre: "No hay problema".
La mujer, que desde su perspectiva le gustaría hablar de ello, no entiende la postura del hombre. Lo interpreta como una falta de comunicación y confianza. Interpreta su silencio de manera equivocada. Angustiada, entonces puede insistir con sus preguntas, lo que angustia y aleja más al hombre, estableciéndose así un círculo vicioso.
Por otra parte, y entendiendo que los hombres están orientados hacia las soluciones, cuando la mujer le cuenta sus problemas al hombre, éste puede entender que le debe ofrecer una solución. La neuropsiquiatra Louann Brizendine, experta en este tema, lo describe de la siguiente manera: “... Por ejemplo, si me acerco a mi marido porque estoy disgustada por algo, y le digo: «Me ha pasado esto y aquello en el trabajo hoy; en la clínica he tenido este problema», él no puede evitarlo, rápidamente me suelta: «sabes lo que deberías hacer, cielo?». Quiere arreglarlo por mí! Quiere darme una solución. En cambio, yo lo que querría es que me dijera: «querida, sé cómo te sientes»”....
Otro aspecto que puede también observarse es que, mientras ellas consideran las preguntas como puentes que se tienden hacia el otro para dar continuidad a la conversación, para ellos constituyen peticiones de información. De ahí que puedan darse situaciones en que, ante una pregunta como "¿verdad, querido?", el objetivo de la cual es simplemente dar entrada al otro en la conversación, el hombre responda con un conciso "sí", que para ella es casi equivalente a un silencio. El resultado es que la mujer puede interpretar esta manera de responder como algo cortante y que dificulta una dinámica fluida de la comunicación.
Otra diferencia también muy importante y que puede ser fuente potencial de conflictos se debe al hecho de que, a fin de expresar plenamente sus sentimientos, las mujeres se toman licencias poéticas y utilizan a menudo superlativos, metáforas y generalizaciones en su lenguaje habitual. Esto puede dar lugar a interpretaciones equivocadas por parte del hombre, acostumbrado a utilizar el lenguaje de una manera más literal. Entonces, es muy importante aquí que el hombre contemple que muchas de estas expresiones necesitan ser "traducidas". Veamos algunos ejemplos con su tentativa de traducción correspondiente:
• "Nunca salimos". Trad.: Me gustaría que saliéramos algunas veces.
• "Nadie me hace caso". Trad.: No me cuidáis como a mí me gustaría y necesito.
• "Esta casa está hecha siempre un gallinero". Trad.: Tenemos que limpiar.
• "Todo está hecho un desastre". Trad.: Quiero que las cosas estén de otro modo. ¿Me ayudas?
• "Los niños me harán volver loca". Trad.: Necesito ayuda en el cuidado de los niños.
• "No puedo más, estoy muerta". Trad.: Estoy muy cansada, ¿me apoyas?, ¿me mimas?
• "Todo lo tengo que hacer yo". Trad.: Quiero más colaboración de tu parte.
• "Nunca me escuchas". Trad.: No nos estamos comunicando como quisiera.
Para el psicólogo John Gray, "uno de los grandes retos a los que se enfrentan los hombres es interpretar correctamente a la mujer y darle apoyo cuando ella habla de sus sentimientos. El gran reto para las mujeres es interpretar correctamente al hombre y darle apoyo cuando no habla".
Muchos disgustos, frustraciones e incluso rupturas podrían probablemente evitarse conociendo, comprendiendo, aceptando y respetando nuestras diferencias. Podemos ser, en efecto, como planetas diferentes, pero ello no impide que podamos formar parte del mismo universo.

Francesc J. Fossas


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